Pendiente de Voto en palabras de Javi Álvarez de La isla inexistente

Publicado en La Isla inexistente.

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Pendiente de voto, ¿realmente importa lo que pensamos?

El Centro Dramático Nacional, con Teatre Lliure y Elèctrica Produccions sube a los escenarios del teatro Valle Inclán una propuesta arriesgada que nos obliga a interrogarnos sobre nuestra democracia.
Antes de entrar en la sala de teatro, te asignan un mando numerado que te permite votar sí o no. El número que lleva es el de tu butaca. La buscas, te sientas y te entretienes mirando una pantalla negra que te pregunta si te sientes capaz de usar el mando sin instrucciones. El público se reparte frente al escenario y a sus dos costados. Bajo la pantalla siete butacas con los nombres impresos de tribunal, presidencia, servicio de orden y artista, una polea, algunos focos, una mesa, otra pantalla, tres micrófonos… No hay nada más, lo que pase luego depende del público y sus respuestas. ¿Quién dijo que no puede haber teatro sin actores? En Pendiente de voto no los hay. Es el público el que se encuentra solo frente a sus decisiones, convertido en un parlamento que gobierna un territorio, el de la sala. Cuando la función empieza, de la pantalla surgen preguntas que los espectadores contestan a través del mando. No parece haber nada más. Y sin embargo es teatro del que hace pensar, no por las preguntas que van apareciendo, más bien por lo que trata de hacer que uno se pregunte.Volviendo a la pantalla, se percibe que las preguntas nos van definiendo, en realidad nuestras respuestas. Hay preguntas fáciles como si se es hombre o mujer, o escoger entre un músico u otro para que suenen de fondo. También las hay más complicadas que nos obligan a mostrar cómo pensamos. Las que nos entretienen con tonterías y las implican una toma de posición frente a la vida. Uno vota y mira al de la butaca de al lado sabiendo cómo ha votado, intentando perfilar su carácter y pensando si tendremos ideas en común o seremos totalmente contrarios. Lo cierto es que aquí podemos saber quién se sienta a nuestro lado, al menos como piensa. Así es el teatro sin actores, mucho más interior. Nuestros principios chocan una y otra vez en este simulacro de parlamento aleatorio de público con el que hemos coincidido en esta función. Las preguntas van mostrando nuestras seguridades y también nuestras inconsistencias y nos obligan a ver lo difícil que resulta construir leyes justas, iguales para todos, sin excepciones. Nuestro deber esta tarde es el de organizar la comunidad para que se gobierne a sí misma, a su manera, con sus mayorías y sus minorías que se miran con el rabillo del ojo. Nos podemos sentir más o menos defraudados con las decisiones que tomamos, pero formamos parte del todo, y entre todos hemos ayudado a construir este gobierno, unas veces más a nuestra manera y otras menos.

¿Qué pasaría si tuviéramos que consensuar nuestras repuestas con otra persona que no conocemos, aunque por estadística sea la que opina más parecido a nosotros de la sala? La cosa cambia, por muy afín que seamos hay grandes diferencias en algunos temas, cada uno tiene sus propios tabús. Ponerse de acuerdo puede ser sencillo para muchas cosas, importantes incluso, pero al llegar a esos tabús, solo funciona la tolerancia. Es teatro y el público habla con el de al lado. Seguimos votando, aunque a la mitad el sistema les ha bloqueado el voto. Así, dividiendo por dos, se ven menos colores en pantalla, las divergencias han disminuido obligados a ser más tolerantes y a convencer a quien se sienta en la butaca de al lado. El sistema nos dan la posibilidad de establecer un debate público entre todos antes de responder a cada pregunta. La gente se expresa a través de los micrófonos, defiende sus posturas y se escuchan sus argumentos. No se trata de convencer al otro, sino de mostrar el punto de vista o el matiz diferente que nos hace no asumir el enunciado.

El sistema que hay detrás de todo nos deja hacer, sentirnos libres, opinar y decidir. No hace esfuerzos sólo recoge datos. No le importa si la gente participa o si se calla, si opina sí, o no o se abstiene, respetando cada opinión y sumándola a las demás. No busca el fondo de la cuestión sino que convierte los datos recogidos en pura estadística. Dicen sus autores que en Pendiente de voto «no se trata de provocar, sino de crear las condiciones de la libertad. La libertad es el regalo que más violenta. Los sistemas establecidos no hacen ningún esfuerzo para provocar, si no se está acompañado por el grupo. Aquí es el individuo libre».

¿Qué pasaría si nos agrupáramos en partidos y ya solo hubiera cinco votos? En ese proceso tampoco perderíamos nuestra identidad si seguimos activos y formamos parte de las decisiones, pero sí si nos dejamos llevar y nos conformamos con el hecho de estar representados. Delegar implica construir mecanismos que aseguren que la confianza que entregamos no se traiciona. En esta fase sí que ocurre algo extraño y es que ahora, con menos votos, se coincide más, el parlamento se hace menos cromático, parece que funciona por decisiones casi unánimes, como si al diluirnos nos hiciéramos todos más iguales.¿Y si solo valiese un voto? Parece que el primer mecanismo a imponer es del consenso, preguntar antes de dar al botón y hacer caso de los que más gritan. Es fácil mientras la mayoría coincide con la persona que aprieta el botón, pero puede ocurrir que lo personal entre en conflicto con lo general ¿Cómo se resuelve entonces? La experiencia de la vida dice que anteponiendo lo propio o entregando el mando a otro más fuerte, que no le de vergüenza tomar las decisiones individuales alejándose de los demás. Siempre hay un autoritario que se hace con el voto, el que desprecia al pueblo. ¿Es este el peor sistema? Tal vez no, quizá sería peor si estuviéramos anestesiados y pensáramos que quienes nos gobiernan lo hacen todo por nuestro bien, pero sin contar con nosotros. Vivir engañados por unos medios de comunicación diseñados por quien manda para influir en nuestras decisiones, para pintar del color de rosas lo que nos hace más esclavos.

Lo bueno de Pendiente de voto es que cada uno saca sus conclusiones. En este repaso, como sin querer, se recorre la historia que va desde la democracia participativa de los griegos, a los gobiernos representativos de partidos, pasando por oligarquías y sistemas dictatoriales. Unos van entregando el testigo al siguiente como si fueran causa y efecto. Y eso es lo que produce vértigo, quien manda siente que ejerce un poder, algo que a la larga le lleva a ser injusto.

El teatro es una forma de hacer política, pero sobre todo de conseguir que nos planteemos interrogantes. Nos hace razonar, pesar y nos ayuda a cambiar nuestra vida, a hacernos mejores personas, pues nos habla de temas universales cercanos a todos. La política, sin embargo, se ha alejado de los ciudadanos desde el momento que perdió su función de usar la palabra para convencer de la certeza de aplicar unos ideales con los que resolver los problemas de la ciudadanía, para crearnos unos derechos y unos deberes, para tener un estado del bienestar y para distribuir la riqueza de una forma equitativa y justa entre todos. Ahora, las cosas cambian movidas por unos poderes que están por encima de nuestros políticos, unos poderes ocultos que se niegan y de los que se esconden sus rostros, unos poderes que no dialogan, que solo buscan su propio beneficio.

Es hora de retornar a la palabra para convencer a quien quiere escuchar y para construir entre todos una nueva sociedad. El poder reside en el pueblo, que debe levantarse de su pereza para hacerlo efectivo y vigente, por encima de esos poderosos que nos suplantan. No queremos más la versión falsa de un verdadero debate parlamentario, queremos hacer verdad el gobierno de todos, sin intermediarios.

Una cosa es contarlo, pero resulta mucho mejor vivirlo. Pendiente de voto es una experiencia burbujeante que nos hace reflexionar y preguntarnos por lo esencial al obligarnos a que nos planteemos el estado de nuestra democracia. Una estupenda ocasión para reflexionar si en esta sociedad importa realmente lo que pensamos y también para ser parte activa y luchar por cambiar un sistema que ya no nos representa.

A modo de pequeño anecdotario: Quizá lo más curioso es la mezcla de personas que participan en este montaje. Desde su creador, Roger Bernat, que realiza proyectos teatrales muy personales y diferentes a través de la compañía Roger Bernat/FFF, hasta la asesora de contenido Sonia Andolz que es especialista en en el rol de las identidades, la etnicidad, la religión y el nacionalismo como motivos para la movilización violenta y ha trabajado en emergencia humanitarias; pasando por Roc J. Cisneros que es el principal impulsor del proyecto de música por ordenador EVOL, Roberto Fratini que es dramaturgo y teórico de la danza y Jaume Nualart que es químico y programador de software libre.
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