Gente de la tierra

Crítica de Tierras del Sud publicada en La Crítica.

Un gentilicio que es una proclama: gente (che) de la tierra (mapu). Es lo que significa mapuche en mapuche. Y es lo que reivindican estos aborígenes de la Patagonia: que ellos son de allí. Nada más. Que pretenden vivir donde vivían sus ancestros, que no aceptan ser expulsados ni paniaguados de ningún acaudalado advenedizo. Porque no se puede regalar lo que no es de uno, como le dijeron Rosa y Atilio Curiñanco a Luciano Benetton, cuando les ofrecía una pequeña parcela de su propia tierra. Y la justicia les dio la razón. La historia, sin embargo, es más antigua y más triste, y tiene muchas más revueltas. Empieza en 1879, cuando el Estado argentino invade a sus vecinos precolombinos en la llamada Conquista del Desierto, cuando los saquea y extermina, los convierte en trofeos de caza o piezas de museo, cuando los interna en campos de concentración, sesenta años antes de Auschwitz. Luego vendrían los ingleses a criar ganado. Y luego fortunas de todo el mundo, desde Sylvester Stallone hasta Ted Turner, fundador de la CNN. Pero la palma se la lleva, con un millón de hectáreas, el Grupo Benetton, dueño de la Compañía de Tierras del Sud Argentino S.A.

De todo esto nos hablan Laida Azkona y Txalo Toloza en Tierras del Sud, segunda pieza de su trilogía documental Pacífico. Una avalancha de datos que abruma moral e informativamente al espectador. Un grito inapelable y didáctico sobre las mil y una injusticias cometidas contra los mapuches, desde las razias nocturnas hasta la exhibición en zoos humanos, pasando por la expropiación de tierras o la trata de niños en nombre del progreso huinca, esto es, de la codicia blanca caucásica. Pero también un aluvión de datos escritos en la pantalla, recitados en off o en directo, que nos enseñan un capítulo de la historia universal de la infamia, así como los riesgos del teatro documento: la posibilidad de que se embote el nervio político y poético de la pieza a golpe de fechas, topónimos y antropónimos. Ocurre a ratos, luego se compensa, y es el único pecado (venial) de esta elegante, honesta e incisiva pieza documental.

De todo esto nos hablan Laida Azkona y Txalo Toloza en Tierras del Sud, segunda pieza de su trilogía documental Pacífico. Una avalancha de datos que abruma moral e informativamente al espectador. Un grito inapelable y didáctico sobre las mil y una injusticias cometidas contra los mapuches, desde las razias nocturnas hasta la exhibición en zoos humanos, pasando por la expropiación de tierras o la trata de niños en nombre del progreso huinca, esto es, de la codicia blanca caucásica. Pero también un aluvión de datos escritos en la pantalla, recitados en off o en directo, que nos enseñan un capítulo de la historia universal de la infamia, así como los riesgos del teatro documento: la posibilidad de que se embote el nervio político y poético de la pieza a golpe de fechas, topónimos y antropónimos. Ocurre a ratos, luego se compensa, y es el único pecado (venial) de esta elegante, honesta e incisiva pieza documental.

La escenografía es de enorme belleza y sencillez. Azkona y Toloza parcelan la imaginaria pampa del escenario con cinta adhesiva como cadena de agrimensor. Con cada capítulo esparcen nuevo atrezo, desde pequeños triángulos metálicos hasta gomaespuma ensartada en alambres o marañas de varillas de plástico, como una miniatura de la naturaleza que rodea o de las tiendas que componen algún Lof (clan) mapuche, como el resistente Pu Lof de Cushamen. Todo ello aderezado con la espectacular fotografía de la Patagonia o con inopinados tutoriales, de un sarcástico estilo YouTube, sobre las maneras de expropiar, recalificar y especular con tierra ajena. Pero lo más poderoso es la llaneza interpretativa de Azkona y Toloza, que ofician de bustos parlantes, con dicción extremadamente suave, casi hipnótica, gratamente ajena al aspaviento que acecha siempre a la denuncia, logrando alcanzar sutiles picos dramáticos, como cuando Azkona se extiende en la écfrasis del reportaje fotográfico a los mapuches, impuesto por sus captores blancos como una obscena mezcla de voyerismo, etnocentrismo y kitsch. O cuando Toloza describe la antipublicidad de Benetton, el charco de sangre del joven caído de bruces, con firma blanca sobre rectángulo verde, que tan bien hace aflorar la hipocresía multicultural del Photoshop.

Tierras del Sud es una insólita propuesta documental, una pieza de orfebrería y a la vez de combate. Delicada en su escenografía, implacable en su alegato, honesta con sus personajes y con su platea, a la que sumerge en la historia de la hermosa y terrible Patagonia. Una historia de urgente recuerdo si pensamos que hubo un Auschwitz austral antes de Auschwitz. Si recordamos que el actual presidente argentino, Mauricio Macri, dijo hace sólo un año que todos sus compatriotas descendían de europeos. Si nos suena el nombre de Santiago Maldonado, desaparecido en 2017 defendiendo a los mapuches, y hallado cadáver tres meses después en el río Chubut, ocupando primeras planas y muros virtuales de medio mundo. Si no nos suenan Rafael Nahuel o Micaela Joahana Colhuan, que cayeron por la misma causa que Maldonado, pero no compartían ascendencia con Macri. De todo eso nos habla Tierras del Sud. Con voz pausada, un hermoso atrezo y cromatismos menos planos que los Colores Unidos de.