Notas que patinan #99

De Rubén Ramos Nogueira, publicado en Tea-tron.

De vuelta al centro de Terrassa, esta vez gracias a la amabilidad de quienes me invitaron a acompañarles en coche (de otra forma no hubiese conseguido llegar a tiempo), me dirigí al Teatre Principal para ver Teatro Amazonas, la última creación de Txalo Toloza y Laida Azkona, autores de la trilogía Pacífico, cuyo episodio final presentaban en el mismo festival donde en los últimos años han ido estrenando el resto de episodios (Extraños mares arden y Tierras del sud). En estos años, el reconocimiento a su trabajo ha ido en progresivo aumento hasta el punto de que han pasado de dar una charla para una docena de personas reunidas alrededor de una mesa durante la hora de la comida en el Espai nyamnyam (sí, los de la peli que acababa de ver, por aquel entonces instalados en un piso del barrio de Poblenou de Barcelona) a abrir el Festival de Otoño de París (donde acaban de mostrar la trilogía al completo), pasando por el festival Grec, el Teatre Lliure y otros cuantos teatros internacionales. Todos los episodios de la trilogía siguen un mismo patrón, con ligeras variaciones: Txalo Toloza y Laida Azkona, en escena, nos cuentan una siempre compleja historia real, profusamente documentada y salpicada de testimonios reales, con la ayuda de imágenes, sonido, música, textos proyectados, vídeos y animaciones proyectadas en pantalla gigante, mientras van construyendo ante nuestra mirada una escenografía que alude a la historia que poco a poco van desgranando. Si en el primer episodio entrelazaban la historia de los Guggenheim y la especulación en el arte con la explotación de los recursos del desierto de Atacama chileno (donde nació Txalo Toloza) y el segundo episodio nos contaba la relación entre la empresa Benetton y el saqueo y exterminio del pueblo mapuche, en este tercer episodio la cosa va de muerte y destrucción en la Amazonia, desde la fiebre del caucho del XIX hasta nuestros días, con especial atención a la historia del gran teatro de ópera construido en Manaos, ciudad levantada en mitad de la selva a imagen y semejanza de las grandes capitales europeas, y a Fitzcarraldo, la película de Herzog, que sirven como hilos conductores de la pieza. Como en el resto de episodios, la historia que cuenta Teatro Amazonas es terrible y lo que denuncia es a todas luces injusto. También como en los otros episodios, la historia está admirablemente bien contada y el tratamiento es digno de un documental de Adam Curtis para la BBC (no es la primera vez que lo pienso). Después de la maratón de espectáculos que llevaba encima, sin haber bebido ni probado bocado desde el mediodía (no encontré ni un minuto), lo increíble es que un espectáculo que dura más de hora y media, y que acabó pasadas las once de la noche, no me haya tumbado.

Teatro Amazonas. Foto: Marta Garcia.

La inevitable pregunta sobre si me había gustado o no me había gustado, nada más acabar el espectáculo (mientras esperábamos a que el personal de sala nos diese permiso para abandonar nuestras localidades, siguiendo los protocolos sanitarios de esta época de pandemia), me llevó a nuevas preguntas al respecto. ¿Te ha gustado esa obra en la que se habla de asesinatos y torturas? ¿Qué significa decir que sí me ha gustado? ¿No deberíamos estar hablando de otra cosa? ¿Del fondo de la cuestión? ¿O de qué? ¿De si los artistas lo han hecho suficientemente bien? ¿Suficientemente bien como para que alguien se fije en ellos y los contrate? ¿Para qué sirve un festival? ¿Para qué sirve un festival en tiempos de pandemia? ¿Para qué sirve un teatro que denuncia algo de lo que ya estamos convencidos (porque el público que piensa diferente seguramente no va a venir a verlo)? ¿Vale la pena este teatro de denuncia aunque sólo una persona entre el público tome consciencia y despierte? ¿Qué pasaría si en vez de colonialismo, lo cual suscita un consenso prácticamente unánime, hablase del Procés o de ETA?

Pero, honestamente, pienso que, pobres, estos artistas no tienen la culpa de que yo me hiciese todas estas preguntas, apoltronado en mi butaca después de siete horas sin parar de ver movidas de todo tipo. Suficiente tendrán con lo suyo. Felicitémonos de que alguien esté tan loco como para ocuparse de asuntos como de los que se ocupan ellos porque, seguramente, alguien tiene que hacerlo. Lo contrario sería mirar para otro lado ante la injusticia. ¿O qué?

Aunque, por supuesto, me imagino que tiene que haber un momento para cada cosa, para reír y para llorar. Pero, eso, ellos me consta que lo saben muy bien.

Al día siguiente leí un artículo en una revista digital dirigida a los trabajadores autónomos. Decía esto:

Para algunas actividades no será nada fácil, pero «van a tener que aprender a dar un giro y a tirar de inventiva. No vale de nada lamentarse por el ‘cisne negro’, el elemento inesperado en la economía, que nos ha tocado vivir. Los acontecimientos sorpresivos no se pueden racionalizar. Lo que sí se puede hacer es, en la medida de lo posible, no parar ni un sólo momento«, concluyó el presidente de la CGE (Consejo General de Economistas).

Mira, pensé, todo lo contrario de las últimas palabras que nos dirigió Txalo Toloza desde el escenario al final del espectáculo: “ahora toca parar y escuchar”.