Il racconto di un viaggio nel deserto coloniale.

Publicado en italiano en Dopo Domani el 12 de octubre de 2021.

VIAJE AL DESIERTO COLONIAL.

Barcelona, 10 de octubre de 2021.

Por Txalo Toloza-Fernández, video artista chileno y Laida Azkona Goñi, coreógrafa vasca. Coautores de la Trilogía Pacífico y miembros de la compañía de artes vivas documentales AzkonaToloza.

Hace seis años, Laida y yo emprendimos un viaje conjunto por la historia del Desierto de Atacama. El desierto más antiguo y árido del planeta. Una pequeña travesía a través de los recuerdos de la familia de mi familia que, casi sin darnos cuenta, se transformaría en un largo viaje por diversos territorios latinoamericanos. Desde las minas abandonas de salitre en la Pampa Atacameña, a los lagos y montañas de Puelmapu, el territorio del pueblo mapuche al este de la Cordillera de los Andes, y de ahí, a las calles de la ciudad de Manaus y a los torrentes del rio Solimões en el corazón de la Amazonia brasileña. Tres territorios muy diferentes, pero con una cosa en común que viene marcando su devenir durante los últimos siglos. La idea extendida desde Occidente de nombrarlos y entenderlos como desiertos, explicándolos como territorios totalmente vacíos, donde nadie habita, pero muy ricos en recursos naturales de todo tipo.  Tres lugares ideales donde llegar con la maquinaria occidental, en son del progreso, para llenar nuestros cargueros y almacenes y de paso nuestros bancos, sin casi oposición.

Este largo viaje se concretaría en las tres piezas documentales escénicas que conforman la Trilogía Pacífico: Extraños mares arden, Tierras del sud y Teatro Amazonas. Una serie de proyectos de investigación y creación que se completa con otras tantas piezas artísticas que van desde la poesía visual, a la video creación, pasando por artefactos sonoros, podcasts, publicaciones gráficas y talleres.

Un extenso proyecto de investigación que se basa en tres ejes fundamentales: El desarrollo de las nuevas formas de colonialismo, la barbarie sobre el territorio latinoamericano y sobres sus pueblos originarios, y la estrecha, pero menos conocida, relación de estos procesos con el desarrollo de la cultura contemporánea. Más de 6 años de investigación que, en un principio, centramos en el proceso colonial latinoamericano, pero que, con el tiempo, también, nos llevó a investigar sobre las colonias europeas en territorio africano. Concretamente, sobre el caso de la excolonia de Guinea Española. La actual Guinea Ecuatorial.  

Una serie que navega entre las historias olvidadas, borradas o silenciadas por el colonialismo, para esbozar una revisión de la historia oficial y escribir un nuevo relato que cuente con la historia de los vencidos, de los nadie. Con la historia de aquellos a los que hemos llegado a señalar como pueblos exterminados o extintos, o que nunca existieron, pero que, muy por el contrario, se han mantenido firmes durante siglos, defendiendo su conocimiento ancestral y su manera de ver y ordenar el mundo.

Por que al final, todo esto trata de confrontar distintas visiones de lo que debiera ser el mundo y de cómo una de ellas, la manera de hacer colonial, se impuso sobre el resto, a base de sangre, cruces, dinero y fuego. Borrando, de manera deliberada, gran parte de la historia común de los pueblos originarios latinoamericanos, pero sin conseguir borrar los lazos que los unen con las tierras que habitan. Como los ríos que han corrido libres durante siglos, o las eternas montañas de los Andes que son sus lugares de paso, sus refugios y sus sitios sagrados. Ríos y montañas amenazadas, constantemente, por las industrias extractivas que se multiplican exponencialmente, desde la llegada de los imperios coloniales hasta el día de hoy.

Porque la manera de hacer colonial lleva siglos organizando el mundo de una misma manera, replicándose una y otra vez, sin importar las características propias de los territorios colonizados, de sus entornos naturales, ni las de sus habitantes.

Por esto fracasó, por ejemplo, la gigantesca plantación de caucho que el industrial Henry Ford desarrolló en el Amazonas Brasileño, en la primera mitad del siglo XX.  Un proyecto que involucraba al Gobierno de Estados Unidos y al de Brasil y que tuvo que cerrar definitivamente en menos de 6 años, debido a que una plaga arrasó con toda la plantación.

Y es que Ford y sus ingenieros replicaron, sin más, la manera de organizar las plantaciones coloniales que los imperios habían desarrollado en los últimos siglos, pasando por alto todas las peculiaridades que hacen del territorio amazónico un lugar irrepetible. Porque ahí donde la naturaleza crece salvaje y caótica, Ford y su gente cortaron todo lo que había para plantar varios millones de árboles de caucho perfectamente alineados, a la misma distancia unos de otros, buscando que crecieran en el menor tiempo posible y ocupando el menor espacio. Pero pasando por alto que, al cortar toda la selva nativa, cortaban también, todas las defensas que la propia selva generaba.

Pero esto, lejos de suponer un revés definitivo a los planes de Ford en el Amazonas, no fue más que un pequeño inconveniente que se saldó con un nuevo acuerdo con el gobierno brasileño. Acuerdo que incluía deforestar miles de hectáreas más de bosque nativo amazónico. Porque en el régimen colonial, el inversor extranjero pocas veces pierde y si lo hace, es sólo un inconveniente en el camino, nunca un fracaso. Porque incluso las propias derrotas están previstas y planificadas en la engrasada maquinaria clonial.

Porque pese a lo que diga la historia oficial, las independencias latinoamericanas, al igual que las de África, Asia u Oceanía, no consiguieron acabar con el régimen colonial. Entre otras cosas, porque estos nuevos estados-nación nacían al amparo de su respectiva metrópolis y bajo la idea europea de Estado. Porque al estudiarlo en profundidad, te das cuenta de que no existen grandes diferencias entre los períodos colonial, poscolonial y neocolonial, al menos en la forma de entender y ordenar la vida, así como en las relaciones de poder que la vertebran.

Y esto se hace evidente, por ejemplo, en el actual territorio de la Patagonia Argentina. Ahí donde los apellidos de los colonos que poblaron el territorio, –usan poblar como si en ese territorio no existieran decenas de pueblos ya establecidos y organizados antes de su llegada– , se repiten en los apellidos de los poseedores de las grandes fortunas nacionales, en los próceres de la nueva patria, en los latifundistas más conocidos, en los apellidos de los grandes empresarios de la industria extractiva o  en los de varios políticos destacados y ministros de los últimos gobiernos estatales y federales. Exactamente lo mismo pasa en Chile, Brasil o Perú.

Pero, además, el cambio de nomenclatura de colonial a postcolonial, sirvió de excusa para que las metrópolis europeas se desentendieran de la infinidad de problemas e injusticias que habían creado, durante siglos, en los territorios latinoamericanos. Creando una falsa sensación de libertad, que implicaba que una vez los países se independizaban, todo pasaba ser un problema local, donde Europa ya no podía hacer nada. Borrando, de golpe, la enorme responsabilidad social que los países europeos tienen con los pueblos latinoamericanos. Borrando, por arte de magia, toda la barbarie producida, los millones de hectáreas arrasadas y los millones de muertos, producto de las armas y las plagas. Barbarie justificada, una y otra vez, por la idea de que las metrópolis llevaron a esos nuevos territorios, hasta ese momento solo habitados por salvajes y bárbaros, la civilización, el progreso y la evangelización. La verdadera libertad.

Y esto nos lleva a pensar, con inmenso dolor, en ese nuevo catequismo colonial desarrollado en los últimos años, por las organizaciones de ultraderecha y las derechas liberales europeas, bajo la mirada pasiva y muchas veces cooperante de la izquierda socialdemócrata. Negacionismo que ensalza con grandes loas el pasado colonial de los imperios europeos, negándose una y otra vez, a reconocer el daño infringido. Una deriva neoimperialista que ha llevado a Pablo Casado, presidente del Partido Popular Español, a señalar la Hispanidad como el hito más importante de la historia mundial, o a Toni Cantó, miembro destacado del Gobierno de la Comunidad de Madrid, a nombrar libertadores a los conquistadores españoles que llegaron a Abya Yala, a la que bautizarían América. Libertadores que liberarían a los salvajes del yugo de imperios asesinos, despiadados y caníbales. Caníbales con bocas en el estómago que devoraban hombres blancos. Las mismas historias inventadas, las mismas falacias,  que contaban los barones del caucho más despiadados del Amazonas a los sacerdotes de las misiones católicas para justificar las atrocidades por ellos cometidas, sin perder la gracia de Dios Padre Todopoderoso.

Pero todo lo hasta aquí descrito no es más que la arista histórica o política del colonialismo. Tal vez su cara más visible y evidente, pero no es ni la única ni, quizás, la más dolorosa. Porque a nuestro modo de entender, lo más difícil de reconocer para la gran mayoría de la población europea, en la que nos incluimos, es que el modo de hacer colonial nos atraviesa con ferocidad, a diario, enquistándose en nuestro cuerpo y en nuestras acciones, en nuestra habla. Porque entendemos el mundo a través de modelos educativos donde el único conocimiento válido, el único aprendizaje posible viene marcado por la colonialidad del saber y el blanqueamiento cultural. Porque ni siquiera nuestra mirada, que siempre damos por única y personal, se libra. Porque a la que entiendes que ese modo de organizar y entender el mundo es otra imposición más, comienzas también a reconocer ese modo de hacer en muchos de tus actos cotidianos. Colonialismo, clasismo y racismo, siempre de la mano.

Sin duda el feminismo es uno de los movimientos globales más importante, complejo y poderosos de las últimas décadas. Y quizá, una de sus batallas más relevante sea la de ayudarnos a reconocer los actos de micro machismo que ejecutamos a diario, casi sin darnos cuenta. Ya es hora de que comencemos a reconocer, de la misma forma, las infinitas conductas micro racistas o micro coloniales que llevamos a cabo todos los días. Tal vez, y solo tal vez, cuando comencemos a reconocer que hemos sido educados bajo el yugo colonial, podamos comenzar a vislumbrar la manera definitiva de cerrar la etapa colonial europea. No sin antes reconocer los siglos de atrocidades cometidas, de pedir perdón por ellas y de llevar a cabo la reparación necesaria e imprescindible.

Porque ahora lo que toca es callar y escuchar, con toda la atención posible, lo que los pueblos que han sobrevivido a la barbarie colonial han venido defendiendo durante siglos. Voces tan diversas como diversos son los pueblos, que siguen desarrollando sus culturas y compartiendo su conocimiento a lo largo de todo el territorio. Pese a todo.

Ancestrales maneras de ver el mundo transformadas por las academias en nuevas epistemologías, -¿ya nos explicareís cómo lo ancestral puede ser nuevo?- y que gracias a los procesos migratorios actuales, podemos reconocer y escuchar, con más frecuencia, en las calles de nuestros barrios o en las plazas de nuestras ciudades. Migración que tanto aborrecen los políticos ultras que, por otra parte, no cesan de repetir lo orgullosos que se sienten de su pasado imperial de aventureros, exploradores y conquistadores. 

Pero claro, si ya es escuchar lo que otras voces tienen que decir, voces entendidas siempre como menores o subalternas, más difícil es mirar al pasado y reconocer nuestros propios errores. Sobre todo, en las cúpulas de poder que organizan y deciden lo que el mundo ha de ser. Porque aquí, lo único que realmente importa es seguir adelante y llevar nuestra idea de progreso ahí donde nosotros creamos que es necesario. Ganando, con cada movimiento, nuevos terrenos para un capitalismo descontrolado y agonizante, pero igualmente feroz.

Y así nos va. A todos.