Las palabras y las piedras.

De Gabriel Sevilla para Recomana.cat

Geología y literatura forman un matrimonio improbable. Y, sin embargo, las pocas veces que se han unido, su estirpe ha sido brillante. Herman Melville reconocía como influencia los Principios de geología de Charles Lyell, las elocuentes descripciones de la orogénesis del padre de la geología moderna. Y autores como Julio Verne, en Viaje al centro de la Tierra, o Edgar Allan Poe, en La narración de Arthur Gordon Pym, se abonaron a especulaciones geológicas en boga, como la teoría intraterrestre, que fantaseaba con seres de otras eras o con civilizaciones avanzadas que supuestamente anidarían en el núcleo hueco de nuestro planeta. Geología y literatura siempre se han cruzado así, como la ciencia y la ciencia ficción, como el archivo y la fantasía, como lo constatado y lo futurible. No es extraño. Al fin y al cabo, la Tierra ofrece el relato más vasto y desconcertante de todos. Y hace falta mucha imaginación para leer entre sus crípticas líneas de piedra.

En Canto mineral, Laida Azkona y Txalo Toloza han querido contarnos nada menos que la historia de la Tierra, una historia que “comienza hace tres mil quinientos millones de años con una lluvia de meteoritos”. E igual que Verne o Poe, Azkona y Toloza se encomiendan a las dos almas de la geo-literatura, la científica y la especulativa, para hablarnos de la orografía terrestre y extraterrestre y, muy especialmente, de las montañas más fascinantes y traicioneras de todas: los volcanes. El relato de Azkona y Toloza tiene su veta fantástica, que reproduce el imaginario diario de a bordo de unos exploradores interplanetarios, financiados por un ficticio Instituto Espacial Ramon Llull, que practican la minería de asteroides y que se dirigen al Monte Olimpo, en Marte, el mayor del sistema solar, con la intención de escalarlo. A esta fantasiosa bitácora se contraponen las historias reales de distintos personajes que han vivido intensamente la relación con la mineralogía y los volcanes. Forman parte de ellas la historia de la propia Azkona, de niña, en el refugio de Belagua, en el Pirineo navarro, donde quedó atrapada durante días por una tormenta de nieve, al pie de la cordillera franco-española. O la del excéntrico doctor Atl, el pintor y vulcanólogo mexicano que presenció el nacimiento de un volcán, el Paricutín, durante los años 1940 en Michoacán. O la de los vecinos de La Palma, después de la erupción del volcán de Cumbre Vieja en 2021, que arrasó su población y sus hogares. A través de la ficción espacial y del documento terrestre, Azkona y Toloza recrean su pasión por la historia geológica de la Tierra, el idilio de las palabras y las piedras. Una historia que nos remite a la maternidad de todo lo que existe, al polvo de estrellas que lo compone todo. Una historia que hace inevitables las preguntas metafísicas sobre lo vivo y lo muerto. ¿Están vivas las rocas? ¿Estamos vivos nosotros? ¿Hay tanta diferencia entre lo orgánico y lo inerte? La obra responde a estas preguntas en cinco cantos y cuatro paradigmas teóricos que estructuran su dramaturgia.

Canto mineral es una pieza al más puro estilo de Azkona y Toloza. Un ensayo documental, narrado con la voz pausada del actor no profesional (aunque por el camino se han ido profesionalizando), que se esfuerza por hallar verdad en la genealogía de su objeto de estudio. Si en su trilogía Pacífico analizaban los orígenes del colonialismo europeo en las tierras del Cono Sur, especialmente en la población mapuche, en Canto mineral, que inicia la trilogía Falla, se narra una historia a escala suprahumana que es la genealogía de todas las genealogías. Azkona y Toloza han depurado su línea de trabajo, la han vuelto más radical y ambiciosa, han perseverado en su rigurosa investigación documental y en sus rituales y didácticas puestas en escena. Y han ofrecido un resultado honesto y fiel a su estilo, que sus seguidores podrán reconocer como propio. Se ha difuminado, es cierto, la línea política de trabajos anteriores, que en Pacífico ofrecía explícitas andanadas anticapitalistas y antiimperialistas, y que en Canto mineral se queda en vagos apuntes contra el extractivismo y el afán de conquista, con una parodia de Elon Musk como mascarón de proa del expansionismo marciano. También se ha desdibujado el propio relato, que en Canto mineral resulta a veces errático, más dado a la colección de anécdotas, datos y curiosidades, que a la hilatura de un argumento o argumentación. No se resienten, en cambio, sus habituales recursos escénicos, como la agrimensura del escenario para levantar una hermosa orografía de cordajes, o la diseminación de rocas para justificar descriptivamente el ritualizado movimiento escénico. Con la colaboración de Joao Lima y Rodrigo Rammsy, Azkona y Toloza siguen a lo suyo, desarrollando una personal línea de teatro poético-documental, felizmente ajena a modas y vaivenes.